La chica que leía en el metro – Christine Féret – Fleury (ilustraciones de Nuria Díaz)

91ORxoLz+ELEs sorprendente la mezcla de alivio y complicidad que siente un bibliófilo cuando lee un libro que trata, bueno… sobre otros libros. Sobre el placer de la lectura, sobre olerlos, sobre mirar de reojo lo que lee la gente en la playa, en el metro o en el aeropuerto. Los amantes de las letras deambulamos por las librerías acariciando las tapas, observando las novedades e investigando para encontrar tesoros. Tanto puede gustarnos un libro recién salido del horno como uno con las páginas amarillas de tanto uso. Si está correctamente pegado y se puede leer, es suficiente. Supongo que por eso me llamó tanto la atención La chica que leía en el metro cuando lo vi. Estaba en la librería Canaima (Las Palmas de Gran Canaria) y tenía que recoger La casa de los espíritus de Isabel Allende. Al darme la vuelta para irme, ahí estaba, con las preciosas ilustraciones de Nuria Díaz. Pequeño, tapa dura e ilustrado. Me acerqué, lo acaricié admirándolo y le di la vuelta. El argumento te incitaba a comprar el libro si eras un lector habitual. Además, hablaba de una chica que espiaba las lecturas de los demás. ¿Cuántos lectores hemos hecho esto? ¿Cuántas veces hemos observado con disimulo qué lee la gente? No pude evitar recordar esa iniciativa tan chula que consistía en hacer fotos a desconocidos mientras leían en el metro. Para más inri, estaba escrito e ilustrado por mujeres. Ya sabéis lo que opino de la visibilidad femenina en la literatura (y por desgracia en casi cualquier ámbito). La chica que leía en el metro tenía que ser mío.— Cóbrame este también, por favor – le dije a la dependienta con una sonrisa en la cara. Antes de arrancar el coche y volver a casa subí una foto a instagram para compartirlo con todos. Una de las maravillas de Booktube y Bookstagram es compartir el placer de la lectura (algunos aún lo hacen, en serio. Otros son escaparates de editoriales pero oye, cada uno que haga con su vida lo que quiera).

Juliette es la protagonista de nuestra historia, una chica escondida tras unas gafas de sol en forma de mariposa y una gruesa bufanda de punto tejida por su abuela. Todos los días coge el metro a la misma hora, disfrutando de observar a los que leen a su alrededor. Un día, escapando de su monótona rutina, se baja dos estaciones antes de lo habitual y toma un nuevo camino para ir a trabajar. Es en ese momento cuando su vida cambia para siempre. Juliette encuentra “Libros sin límites” y a Zaida, que le pregunta: «¿Eres pasante?» ante su estupefacta mirada. ¡Ah! También conoce a Solimán. Cuando escuché la palabra pasante me dio un vuelco el corazón. subway-reading-2¿Hablarían de libros viajeros? Entonces se apoderó de mí ese nerviosismo tan típico de los lectores cuando saben (con certeza) que algo increíble va a suceder, pero necesitan esa confirmación. Me dije «tengo que seguir leyendo como sea». Por cierto que estos pensamientos aparecieron a las 6 de la mañana, cuando mi cuerpo se negó a seguir durmiendo. Solimán le dice a Juliette «Usted conoce el principio de los libros viajeros». ¡Ajá! Olfato lector, nunca falla. «Lo creó un estadounidense, Ron Hornbaker, o más bien sistematizó el concepto en 2001. Convertir el mundo en una biblioteca… bonita idea, ¿no? Dejamos un libro en un lugar público, en una estación, en el banco de una plaza, en un cine, alguien se lo lleva, lo lee y luego, unos días o unas semanas después, también lo deja en otro sitio. […] Además había que seguir el rastro de los libros “liberados”, reproducir su itinerario y permitir que los lectores compartieran sus impresiones. De ahí el sitio web vinculado al movimiento, en el que se registra cada libro. Se le asigna entonces un identificador que debe aparecer de forma legible en la cubierta, con la URL del sitio web. El que encuentra un libro viajero puede entonces consignar la fecha y el lugar donde lo ha encontrado, hacer una notificación o una crítica…
— ¿Es lo que usted hace? — lo interrumpió Juliette.
— No exactamente».
Mi corazón se volvió a acelerar y seguí leyendo. «El próximo pasante que entre en esta sala será responsable de poner en circulación todos estos libros.
— ¿Responsable? — repitió Juliette.
— No los dejará en la calle o en un tren. No recurrirá al azar, si lo prefiere, para que encuentren a sus lectores.
— Pero cómo…
— Tendrá que elegirles un lector. O una lectora. Alguien a quien habrá observado, incluso seguido, hasta intuir el libro que esa persona necesita. No se equivoque, es un auténtico trabajo. No asignamos un libro como un desafío, por capricho, por voluntad de conmocionar o de provocar, sin razón. Mis mejores pasantes están dotados de una gran capacidad de empatía: sienten en lo más profundo de sí qué frustraciones, qué rencores se acumulan en un cuerpo que, en apariencia, no se diferencia en nada de otro». Inmediatamente pensé «quiero hacerlo con toda mi alma» y luego «espera, ¿espiar a las personas es ilegal? Mira tú sigue leyendo…». Al poco de continuar con la lectura, ya me autodenominaba (henchida de orgullo): pasante. Me imaginaba fantasías en mi cabeza «¿A qué te dedicas María? Pues soy médica y pasante». Solimán no solo quiere que los libros viajen, quiere registrarlos. ¿Cuándo fueron pasados? ¿Qué ocurría? ¿Había gente por la zona? ¿O quizás estaba desierta? ¿Llovía? ¿Nevaba? Cada vez me gustaba lo que proponía: «¿Se pasa un libro de la misma manera a las seis de la mañana que a las diez de la noche? Si anoto todo esto es para que usted, usted y los demás, puedan consultar esta libreta en todo momento. Así se acordarán».

Libros viajeros, libros por el mundo, bookcrossing. Para mí un libro jamás ha tenido sentido abandonado cogiendo polvo en una estantería. Tampoco los impolutos, debo reconocerlo. Siempre he creído que un libro debe viajar y cuanto más tenga de la otra persona (u otras), mejor. Un sentimiento que también comparte Juliette. Lo que cuenta un libro usado es fascinante: restos de olor a curry, anotaciones, manchas de café; las historias de los que los tuvieron en sus manos. Por desgracia, donar o al menos prestar libros (y escribirlos o mancharlos de té) no es algo frecuente en la comunidad de Booktube, incluso, se censura o se critica. No obstante, quién sabe cómo puede evolucionar esto. A veces la vida puede sorprender a las brujas y sibilas más veteranas. 000000006810En mi caso -y estoy segura de que en el de mucha otra gente- me encanta regalar mis libros. A excepción de algún tomo especial, el resto deben viajar por el mundo. Los últimos que envié a dos amigas muy queridas fueron Picnic en Hanging Rock (Joan Lindsay) y Necesitamos nombres nuevos (NoViolet Bulawayo), ambos escritos por mujeres e impregnados en agua salada y unas dos toneladas de arena de la playa de Maspalomas (Gran Canaria). Tengo la sensación de que cuando mis amigas abran su libro, una sonrisa les pintará el rostro. Me encantó que se puntualizara una situación que veo con frecuencia cuando hablo de donar, dar o regalar libros: «— La gente le llevará libros en los lugares en los que se detenga. Los que no quieran, seguramente.
— O al contrario, los que les gusten más… ¡No sea tan pesimista! ¿No vale más dar un libro que nos gusta?». Detesto cuando me pregunta si doy libros que no me gustan. ¡Al contrario! Doy los que me han encantado, ¿no es esa la cuestión?

Solo tengo alguna que otra pega para este libro, por ejemplo, ¿eran necesarias esas raciones de condescendencia masculina? Desde luego que no. Además de otros pequeños detalles que espero, de verdad, que la autora corrija en un futuro. No, no es el mejor libro del mundo ni mucho menos, pero no está mal para una tarde de domingo y las ilustraciones de Nuria Díaz son increíbles. Me quedo con la mejor frase -para mí- de este libro:
«Los libros y las personas necesitan viajar».

Y es de La chica que leía en el metro de dónde surgió la idea de este blog y su respectiva cuenta de instagram (@pasante_de_libros). Así tendré un lugar donde pueda registrar las “sueltas” de mis libros. ¿Qué os parece? Este por cierto, se lo regalo a mi prima Isabel, mi primera lectora como «pasante», a la que le deseo lo mejor. Que lo disfrutes.

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